EP 03 / Español
Transcripción completa
¿Sabes de memoria el teléfono de quien más quieres? Quizá no. Está todo en el móvil. Hace casi 2400 años, alguien advirtió que esto pasaría. No hablaba del móvil.
Hablaba... de la escritura. La pregunta de este episodio: ¿escribir nos hace más listos... o más olvidadizos? Volvamos atrás.
Antes de cualquier letra. Sin escritura, todo lo que sabe un pueblo debe caber en una cabeza. Leyes, remedios, historias de los abuelos. Así fue casi toda la historia humana. ¿Cómo cabía todo?
Con ritmo, rima y repetición. Es la redundancia del tambor, ahora al servicio de la memoria. Olvidas la lista de la compra de ayer... pero cantas una canción de hace quince años. A la memoria le encanta la música.
Primer problema: la mente es genial para historias... y pésima con los números. En Uruk crecía la ciudad y había que contar la cebada y las deudas. Empezaron con bolas de arcilla, una por medida, guardadas en un sobre... también de arcilla.
Para comprobar, marcaban las bolas por fuera. Hasta que alguien pensó: si la marca está fuera... ¿para qué guardar las bolas dentro? Esta es la teoría más conocida sobre el origen de la escritura. Lo primero que se escribió no fue un poema.
Fue una cuenta. Uno de los primeros nombres escritos aparece en una cuenta de cebada: Kushim. Pero quizá no sea un nombre. Podría ser un cargo. El primer nombre de la historia podría ser...
el de un funcionario. ¿Una frase entera sobre algo más que cebada? Unos 700 años después. Primero la escritura aprendió a contar. Luego, a hablar.
Y no fue algo exclusivo de un lugar. En China, sin contacto con Mesopotamia, la escritura nació otra vez desde cero. En huesos y caparazones de tortuga, para preguntar al fuego por el futuro. La pregunta... y la respuesta, en el mismo hueso.
La idea era demasiado buena para inventarse una sola vez. Entonces llegó la queja. En Atenas, Platón escribe un diálogo donde Sócrates cuenta una historia. Un dios egipcio lleva las letras al rey, orgulloso: «¡un remedio para la memoria!» El rey dice algo vigente: quien inventa no juzga mejor su propio invento. Y responde: no.
Es un remedio para recordar... no para la memoria. Quien confíe en las letras dejará de ejercitar su propia mente. Y parecerá sabio... sin serlo.
Hay una segunda queja que casi nadie recuerda. Sócrates compara el texto con una pintura: parece vivo... pero, si preguntas, guarda silencio. O repite siempre lo mismo. Un texto no responde.
Recuerda esa queja. Volverá al final de la serie. Y, claro, esta crítica a la escritura te llegó... por escrito. Y el tiempo se acelera.
2008: una revista de EE. UU. pregunta en portada: «¿Google nos vuelve tontos?» Hoy la misma pregunta cambia de blanco: ¿y la inteligencia artificial? ¿Nos hará parecer sabios... sin serlo? Con cada tecnología nueva, vuelve la queja de Sócrates... con otro disfraz.
Entonces, ¿tenía razón Sócrates? En parte, sí. Quien escribe guarda menos en la cabeza. Tu móvil sabe más teléfonos que tú. Pero mira lo que él no vio.
La memoria de Sócrates murió con él. Sus palabras, escritas por otro, llegaron hasta hoy. Cada generación empezó donde acabó la anterior. Y hay más: una idea escrita queda quieta para que alguien la revise... y discrepe.
Así aprendimos a corregir lo que sabemos. Escribir nos hizo olvidar teléfonos... y recordar a Sócrates durante 2400 años. La memoria salió de la cabeza. Por eso perduró.
Pero las palabras escritas se acumulan. Y se acumulan. Y se acumulan. Con tanto texto... ¿cómo encuentras algo?
La respuesta empieza con un buey... boca abajo. Esta historia la cuenta XMACNA. Su página nueva: Empleados Digitales ponen esta inteligencia a trabajar... bajo tu control.
Sigue a XMACNA para no perderte el próximo episodio. La información. Episodio tres: La palabra que permanece. Inspirado en La información, de James Gleick. Lee el libro.